Mi padre, el hechicero

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Hoy, mientras azucaraba mi café mañanero evoqué a mi padre. Un recuerdo que no por frecuente deja de estar acompañado de cierto gustillo alegre con aderezo de nostalgia. Nunca esa evocación me pone triste, él fue incapaz de dejarme ese legado. Mi padre era simple y luminoso. A mis ojos, de hija nacida cercana a sus 50 años, mi papá era hermoso, atractivo, con garbo. Era zalamero como nadie, pero era su zalamería esa que se codea con la fineza y la elegancia, con la justa medida de todo. Seductor de talla alta, amable, cortés, mundano.

El sabía lo que muy pocos saben con certeza, que estamos solo de paso por este mundo, y que cada segundo cuenta. Qué manera de vivir intensamente! Qué manera de vivir cada minuto como si fuera el último!

Mi padre me dejó el amor al trabajo, el respeto por la familia, la importancia de la integridad del ser humano, y mi debilidad por los olores que lo acompañaban. Cubanos y deliciosos. Olor a “melao” de caña al regresar del ingenio, donde, como un joyero, tallaba los cristales del azúcar como si fueran gemas para engarzar en alhajas de mujer. Olor a Habano y a colonia de lavanda, cuando pulcro y apuesto, salía en la noche pueblerina a desgranar su hechizo

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