Palabras de Luis Carlos Silva en la despedida a Pedro Urra el 19 de enero en la Basílica

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No por conocido es menos pertinente recordar hoy el pensamiento de Martí: “Los hombres van en dos bandos: Los que aman y fundan y los que odian y destruyen”.
No solo estos 18 años de Infomed hacen oportuna la cita. También la convalida el espíritu fundacional de quienes hemos acompañado a Pedro en esta aventura en uno u otro momento, durante uno u otro lapso. Por eso, todos sabemos a qué bando él pertenece.
Resulta difícil enumerar aquellas cosas que cabe agradecerle. Difícil, porque el esfuerzo está en sí mismo condenado a dejar frutos incompletos; y difícil, porque a los amigos hay que criticarlos de frente pero elogiarlos cuando no nos oyen.
Pero “Honrar honra” nos enseñó también el Apóstol; y por eso surgen remembranzas que no pueden quedar en el limbo de nuestra gratitud.
Entonces, gracias Urra.
Gracias por haber sido un maestro para tus interlocutores, sin dejar de ser también –desde la humildad- siempre un discípulo de cada cual, tanto del más encumbrado como del más sencillo.  Porque nunca confundiste la seriedad con la solemnidad, enseñándonos que se puede ser serio sin necesidad de ser solemne, consiguiendo que la dimensión humana no fuera una consigna oportuna, sino que se ubicara en la médula de las relaciones de trabajo.
Gracias por la atmósfera de libertad que supiste construir, sin renunciar ni a los principios, ni al orden, ni a la disciplina. Por no habernos exigido nunca incondicionalidad aunque la hayas conseguido. Por tu capacidad para dar y despertar amor (a primera vista en casi todos, amor a segunda vista en los más cautos, pero terminando por ser amor tarde o temprano).
Suele ser peligroso vaticinar cómo van a evolucionar las personas, especialmente cuando les esperan coordenadas novedosas, con acechanzas, expectativas, conflictos o goces insospechados. Sin embargo, en este caso, todos sabemos que en el fondo no te vas; o lo que es igual: que te ausentas transitoriamente, pero llevándote contigo el aire salitroso y el embrujo de esta ciudad,  la incanjeable realidad donde Haydee ha crecido feliz, los años fructuosos, la madeja afectiva que construiste con amigos y colegas, la música que oiremos hoy, y hasta la mezquina naturaleza de tus contados enemigos; y sabemos que no te llevas todo eso como un lastre sino como una luz, no como simples contraseñas de identidad sino como referencias estructurales de ti mismo.

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