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Paul Garner, médico de salud pública que se especializa en enfermedades infecciosas, comparte con Medscape su experiencia como paciente de la COVID-19.

Los pensamientos de enfermarse fueron lo más alejado de la mente del Dr. Garner cuando los síntomas del COVID-19 cambiaron su vida. Garner asumió que probablemente se sentiría enfermo durante unas semanas y luego se recuperaría. Pero ocho semanas después, todavía se sentía como si lo hubieran golpeado con un bate, con dolores y molestias, contracciones musculares, un corazón acelerado y diarrea. “Fue como estar en el infierno”, dijo.

Comenzó a relatar su dolorosa enfermedad de COVID-19 en una serie de publicaciones de blog para British Medical Journal. En una de sus publicaciones, compartió lo mortificado que estaba de haber infectado al personal en su lugar de trabajo durante más de 20 años. “Me imaginaba a sus parientes vulnerables muriendo y nunca perdonándome a mí mismo. Mi mente era un desastre”, escribió.

Garner no podía hacer la mayoría de las cosas que solía disfrutar y redujo sus horas de trabajo en la Escuela de Medicina Tropical de Liverpool en el Reino Unido. En los primeros 6 meses de su enfermedad, luchó con ciclos de sentirse mejor, hacer demasiado y luego volver a desmoronarse.

Encontró la enfermedad difícil de manejar. Lo intentó todo: usar su reloj inteligente para rastrear sus actividades, medir el tiempo que durmió, verificar si los alimentos que comió afectaron el empeoramiento repentino de los síntomas, pero nada funcionó.

La enfermedad cíclica se transformó en semanas de agotamiento cuando Garner ni siquiera podía leer y tenía dificultades para hablar. A los 7 meses, se preguntó si alguna vez se recuperaría. “Pensé que el virus había causado un cambio biomédico en mi cuerpo y paralizó mi metabolismo de alguna manera”, dice. “Me sentí inseguro y temeroso del futuro”.

El cambio se produjo cuando alguien de su red profesional que se había recuperado del síndrome de fatiga crónica le ofreció ayuda. “Aprendí cómo la respuesta al estrés del cerebro y del cuerpo a la infección a veces puede desordenarse”, explica, “y los síntomas que estaba experimentando eran en realidad falsas alarmas de fatiga.

Se dio cuenta de que probablemente no había daños físicos en sus tejidos, por lo que necesitaba dejar de monitorear constantemente sus síntomas, buscar distracciones cuando se sintiera mal y esperar su recuperación y recuperar su vida.

Garner no está solo en su experiencia. Al menos 33 millones de estadounidenses se han infectado con COVID-19 y algunos todavía tienen síntomas más de 4 semanas después, según los CDC.

Un estudio aún en revisión, de medio millón de personas en el Reino Unido donde vive Garner, informa que 1 de cada 20 personas con COVID-19 están lidiando con síntomas persistentes. Aproximadamente el 6% de las personas en el estudio dijo que su recuperación se retrasó por al menos un síntoma que persistió durante 12 semanas o más.

La falta de aire y la fatiga se encuentran entre los problemas más comunes informados después del COVID-19. Incluso las personas que no presentan ningún síntoma cuando se infectan por primera vez pueden sentirse mal después de la enfermedad.

“Estas explicaciones que tenían sentido, junto con un entrenamiento sensible para cambiar mis creencias sobre mi enfermedad, realmente ayudaron”.

En los centros médicos de los Estados Unidos se están abriendo clínicas de rehabilitación para pacientes de COVID-19. Pero, ¿se verán obstaculizados los esfuerzos en este sentido por la falta de una explicación clara de los síntomas que no desaparecen? ¿Y las personas se sentirán ignoradas por un sistema de salud que no está listo para abordar algo que realmente no puede medir?

Experiencias recientes sugieren que este es el caso, según Greg Vanichkachorn, MD, médico de familia y fundador del Programa de rehabilitación de actividades COVID-19 en la Clínica Mayo en Rochester, MN.

“Si hay una verdad universal entre todos los pacientes que he entrevistado, es que a menudo se los deja de lado, se los encasilla o, francamente, se los abandona”, dice.

Algunos expertos creen que los médicos deben evaluar a los pacientes para detectar síntomas de salud mental después de la fase inicial de COVID y ofrecer atención temprana y continua.

“Es importante que reconozcamos que los síntomas son reales, imaginarios o resultado del estrés”, dice Garner. “Y pensar demasiado en la enfermedad y la búsqueda constante de una causa biomédica puede ser perjudicial”.

“El miedo a no recuperarme fue una gran barrera para lidiar con los síntomas. Las conversaciones con otras personas sobre sus síntomas también te recuerdan y pueden reforzar una identidad como una persona enferma, y no ayuda. Simplemente, hay que dejarlo ir. Encuentra cosas buenas en la vida, enfócate en lo positivo. Los pensamientos realmente me ayudaron, pero lleva tiempo y puede haber contratiempos. No es fácil”.

Vea más sobre la experiencia del Dr. Paul Garner en: Long-Haul COVID Brings Long Road to Recovery – Medscape – Jun 30, 2021 (debe registrarse en el sitio web)

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Rusia reportó 23 mil 827 nuevos contagios por el coronavirus SARS-CoV-2, cifra que alcanza los cinco millones 857 mil dos, para un aumento del 0,41 por ciento con respecto al día anterior.
De los casos detectados la víspera, dos mil 552 resultaron asintomáticos (10,7 por ciento) y la mayoría fueron localizados en esta capital (tres mil 966), en la región de Moscú (dos mil 469) y San Petersburgo (mil 942).

Un total de 454 mil 241 personas están enfermas de COVID-19, informó recientemente el estado mayor operativo para el combate a la pandemia.

Durante las últimas 24 horas, en el país se registraron 786 muertes a causa de la enfermedad, el nuevo máximo del país, total que asciende a 145 mil 278 fallecidos, para un índice de mortalidad de 2,48 por ciento.
Ayer, 21 mil 269 personas recibieron altas médicas, cifra que suma cinco millones 257 mil 483, el 89,8 por ciento de todos los contagios, según los datos oficiales.

julio 14/2021 (Prensa Latina) – Tomado de la Selección Temática sobre Medicina de Prensa Latina. Copyright 2019. Agencia Informativa Latinoamericana Prensa Latina S.A.

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Memorias de una pandemia

Entre 1918 y 1920 el mundo fue azotado por «la gripe española», una de las pandemias más mortales que haya conocido la civilización. En Cuba, curiosamente, el daño fue mucho menor de lo esperado.
La pandemia de la COVID-19, ha hecho meditar en muchas direcciones; nos ha hecho reparar, una vez más, en la vulnerabilidad de nuestra especie, y en la necesidad de trabajar unidos y desinteresadamente.

En aras de buscar experiencias y dejar de replicar errores, la actual pandemia ha motivado el desempolva miento de episodios similares. Tales revisiones permiten afirmar que no hay novedad en advertir cómo un virus es capaz de cambiar drásticamente el curso de la vida humana.

Una de las historias revividas en tiempos contemporáneos ha sido la de la mal llamada gripe española, pandemia de la que se recogían escasas referencias, razón por la que muchos desconocían de su existencia e impacto.

Esta gripe tuvo lugar hace ya una centuria, entre los años 1918 y 1920. Ocurría, además, al ocaso de un momento muy turbulento para la humanidad: la Primera Guerra Mundial.

La gripe de 1918

Aunque recibió denominaciones como «La pesadilla», «el Káiser», «la peor plaga de la historia», «la madre de las pandemias» y la pandemia de gripe de 1918, el apelativo de gripe española ha sido la forma en que mayormente se le presenta. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), se estima que entre el 20 y el 40 por ciento de la población mundial enfermó con esta gripe.

Comparada con los tiempos modernos, este mal brotó cuando concurrían grandes limitaciones de las ciencias y la Medicina. Se desconocía, por ejemplo, el agente causal; y los tratamientos eran muy limitados (aún no se habían descubierto los antibióticos y la primera vacuna contra la gripe se desarrollaría 40 años después); se carecía, además, de sistemas públicos de salud en el mundo.

A través de múltiples investigaciones se ha logrado determinar que el virus causante de aquella pandemia fue una influenza A del subtipo H1N1. Su origen ha estado saturado de especulaciones, aunque las últimas evidencias científico-históricas se han enfocado en Norteamérica.

Todo hace indicar que el virus emergió en el primer trimestre de 1918, en el estado de Kansas, Estados Unidos. En ese Estado se ha logrado establecer que los primeros casos aparecieron casi al unísono en dos sitios algo distantes geográficamente: un campamento militar en Fort Riley, y el pequeño condado de Haskell.

Diferentes evidencias señalan que en algún momento del verano de ese año el virus sufrió una mutación que lo tornó un agente más infeccioso y letal. Así, a finales de agosto de 1918 se reportó la gripe en Brest, un puerto francés por el que entraron tropas estadounidenses durante la Primera Guerra Mundial.

El mal se extendió rápidamente a Burdeos y a otras tropas inmersas en el conflicto bélico. Esos ejércitos sufrieron considerables bajas y ante la posibilidad de que esta sensible información les pusiera en un plano vulnerable frente a sus enemigos, se instauró una inflexible censura.

En España, que era una nación neutral en el conflicto, la pandemia recibió una mayor atención por los medios de la prensa. Este hecho influyó mucho en que la enfermedad recibiera el nombre de gripe española.

El retorno de las tropas beligerantes a sus países de origen contribuyó a la diseminación de la gripe a nivel planetario. El virus alcanzó a territorios recónditos como Oceanía y Alaska. De este último escenario norteño, baste decir que el pueblo inuit de Fairbanks prácticamente desapareció.

Gestas médicas en Cuba

La gripe española también llegó a nuestro país. Se ha logrado evidenciar cómo en octubre de 1918 el virus «desembarcó» en el puerto de La Habana a bordo del buque Alfonso XIII. En aquella nave viajaban 44 personas afectadas por el citado virus; de ellas, 26 habían muerto durante la travesía.

En octubre fallecieron en la capital 125 personas enfermas por esta afección. Casi al unísono se reportaron casos de la enfermedad en Camagüey, que llegó a ser la zona del país mayormente afectada por la pandemia, al punto de registrarse en ese lugar el mayor número de fallecidos.

Y aunque La Habana poseía todas las condiciones para ser la más golpeada, por su densidad de población y movilidad de sus habitantes, algo influyó en que eso no sucediera. La razón radicó en la profunda visión preventiva de la Escuela de higienistas cubanos, quienes dictaron las medidas de control para el país.

Este grupo de médicos estaba liderado por Juan Guiteras Gener y estaban bajo el influjo, la brillantez y competencia profesional del científico Carlos J. Finlay Barrés. Ellos establecieron en octubre de 1918 diferentes normativas para la profilaxis de la gripe, en las cuales se puede apreciar una increíble vigencia.

Sorprende cómo entre estas medidas dictadas hace un siglo se encuentran acciones tan familiares para los tiempos contemporáneos como el aislamiento de los enfermos en sus domicilios, la necesidad de llamar rápidamente al médico al presentarse los primeros síntomas, así como mantener la limpieza e higiene de los hogares.

Igualmente, usar soluciones antisépticas, prohibir visitas en las casas de pacientes afectados por la gripe y la salida de los moradores de los hogares que tenían enfermos, no frecuentar lugares cerrados o con gran aglomeración de personas y abolir la práctica de dar la mano como fórmula de cortesía, o dar besos en la cara.

La actualidad de los esfuerzos desplegados por los médicos cubanos nos enorgullece y explica cómo en aquellos instantes, con mucho menos recursos y conocimientos, se pudo controlar en la Mayor de las Antillas un mal que causó enormes estragos a nivel mundial.

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Primera reunión del Grupo de Trabajo sobre vacunas, ‎terapias y diagnóstico de la COVID-19 en países en ‎desarrollo

Declaración conjunta de los titulares del Grupo Banco ‎Mundial, el Fondo Monetario Internacional, la Organización ‎Mundial de la Salud y la Organización Mundial del Comercio
30 de junio de 2021

Declaración

Las máximas autoridades del Grupo Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional (FMI), la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Organización Mundial del Comercio (OMC) celebraron el día de hoy la primera reunión del Grupo de Trabajo sobre vacunas, terapias y diagnóstico de la COVID-19 en países en desarrollo. Posteriormente dieron a conocer la siguiente declaración conjunta:

«Muchos países están luchando contra nuevas variantes y una tercera ola de infecciones de COVID-19, razón por la cual resulta aún más apremiante acelerar el acceso a las vacunas para poner fin a la pandemia en todo el mundo y lograr un crecimiento de base amplia. Vemos con mucha preocupación las limitaciones en cuanto a vacunas, terapias, diagnóstico y apoyo a la distribución en los países en desarrollo. Es preciso actuar de inmediato para detener la pérdida de vidas causada por la pandemia y evitar una mayor divergencia entre la recuperación económica en las economías avanzadas y el resto de países.

 Hemos establecido un Grupo de Trabajo a modo de un «comité de crisis» para facilitar el seguimiento, la coordinación y la distribución anticipada de herramientas sanitarias contra la COVID-19 en los países en desarrollo, y para ayudar a las partes interesadas y las autoridades nacionales a eliminar obstáculos críticos, apoyando así las prioridades establecidas por el Grupo Banco Mundial, el FMI, la OMS y la OMC, incluidas en las declaraciones conjuntas del 1 de junio y el 3 de junio, y en la propuesta del personal técnico del FMI por un monto de USD 50.000 millones.

 En la primera reunión celebrada el día de hoy, analizamos la necesidad urgente de incrementar el suministro de vacunas, terapias e instrumentos diagnóstico a los países en desarrollo. Analizamos asimismo medios prácticos y eficaces que faciliten el seguimiento, la coordinación y la distribución anticipada de vacunas contra la COVID-19 en países en desarrollo.

 Como primer paso urgente, instamos a los países del G-20 a 1) adoptar la meta de vacunar a por lo menos al 40% de la población en todos los países para finales de 2021, y a por lo menos el 60% para el primer semestre de 2022, 2) repartir sin demora un mayor número de dosis de vacunas, entre otras formas garantizando que por lo menos 1.000 millones de dosis se distribuyan de inmediato a los países en desarrollo en 2021, 3) proporcionar financiamiento, mediante donaciones y financiamiento en condiciones concesionarias, para subsanar las brechas residuales, incluidas las correspondientes al Acelerador ACT, y 4) eliminar todas las barreras a la exportación de insumos y vacunas ya producidas, así como otras barreras en las operaciones de las cadenas de abastecimiento.

 Además, en aras de la transparencia, acordamos compilar datos sobre solicitudes de dosis (por tipo y cantidad), contratos, entregas (incluidas las correspondientes a donaciones) y distribución de vacunas contra la COVID-19 a países de bajo y mediano ingreso, y publicarlos como parte de un tablero común de indicadores de cada país. Acordamos asimismo adoptar medidas para abordar el problema de la reticencia a la vacunación, y coordinar esfuerzos para subsanar deficiencias en cuanto a preparativos, a fin de que los países estén en condiciones de recibir, distribuir y administrar vacunas».

Tomado de:  Organización Mundial de la Salud.

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